
El pequeño Matías empuña una linterna. La débil luz apenas alcanza a dibujar el pasillo por donde Matías avanza lenta, sigilosamente, con la aguda mirada de los gatos. El odio le frunce el entrecejo. Matías alcanza la cocina: que no se despierte; aluza, abre dulcemente una gaveta: se encuentra decidido; escoge un cuchillo, el más grande, y lo toman con seguridad y eficiencia sus deditos tiernos, el delicioso rencor que está a punto de vengarse.Matías se guarda la linterna en la piyama y se dirige en la oscuridad a aquel cuarto: no siente dudas. La puerta se abre con suavidad, como invitándolo a proceder, y procede, el espíritu de dicha rebosado, la boca sonriéndole de gusto, a atravesarle de un tajo el corazón: papá, aquí te mueres; la redonda panza, sin problemas, varias veces: a rajársela; hasta que el cuerpo queda hecho jiras, mierda: por fin, muerto.Entonces, sólo entonces, Matías puede quedarse tranquilo, olvidar las cintarizas, los puñetazos, las patadas. Se consumen en su pecho los resentimientos, los castigos de hincado cuatro horas contra la pared, las amenazas de te voy a joder si me sales putito. Se siente aliviado. No sigue repasando las humillaciones de caminas como niña, lanzas la pelota como niña, esa vocecita emputadita de los maricones. Imaginar que mata a su papá vívida, minuciosamente, lo ayuda a descargarse.Aunque a veces, cuando son demasiado sanguinarias, Matías vuelve de sus fantasías con un ligero sentimiento de culpa. Pero le dura poco: apenas dos o tres buenas patadas en las nalgas: camina como los hombres; un par de pedradas en las piernas, en la espalda: habla fuerte, chingado, parece que no tienes güevos; después de lo cual, Matías puede volver a fantasear sin consideraciones con aniquilar a su padre: rebanarle el cuello, pasarle el filo del cuchillo por la cara, clavárselo en el sexo; hasta que queda satisfecho, congraciado con la vida: están su papá y él a mano.
Gracias por compartir mi texto.
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